El pasado 27 de septiembre recibimos en la escuela a
Carmen Loreficel,
Madre de Plaza de Mayo y a
Horacio Pietragalla, el
75º nieto recuperado por las Abuelas. Ambos ofrecieron su doloroso pero necesario testimonio acerca de los sucedido durante la dictadura cívico-militar que comenzó el
24 de marzo de 1976.
Horacio nos contó que durante muchos años se llamó César, por el nombre que le pusieron sus apropiadores cuando lo recibieros de manos de su padrino, un oficial del ejército. Sus padres habían sido militantes montoneros y fueron secuestrados y asesinados cuando el tenía unos pocos meses. Horacio remarcó la acción criminal de los militares destacando que
"...no sólo secuestraron y ejecutaron a mis padres, además me negaron la posibilidad de seguir mi vida con mi familia biológica, me entregaron a otros como si fuera un objeto...".
Ante los alumnos de 3ro, 4to y 5to año que seguían su relato con mucha atención, contó además que en su adolescencia comenzó a sentir fuertes contrastes ante sus supuestos padres. Además de las diferencias físicas (con humor, lo ejemplificó con el hecho de que él medía casi dos metros y ellos, no...) no encontraba nada que vincule su carácter con el de sus apropiadores. Además, existían demasiados huecos a la hora de contar su historia personal, en particular de su nacimiento. Fue así que una suma de factores le hicieron sospechar fuertemente sobre la veracidad de su historia y se acercó en marzo de 2003 a las Madres de Plaza de Mayo para hacerse los estudios genéticos que le permitiesen conocer con certeza su verdadero origen.
Carmen Loreficel comenzó su relato diciendo "
...en cada uno de ustedes veo a mi hijo...". Y nos emocionó con su dolor y su fortaleza, al contarnos cómo su hijo Enrique fue secuestrado (Enrique Jorge Aggio, de 29 años, detenido desaparecido el 31 de julio de 1976 y
encontrados sus restos en abril de 2010) y cómo luchó y buscó junto a las otras Madres de Plaza de Mayo el paradero de los 30.000 desaparecidos por la Dictadura Militar.
Con emoción escuchamos a Carmen revivir su desesperación por recuperar a su hijo y su impotencia ante la indiferencia cómplice de gran parte de la sociedad de aquel entonces. Y con admiración recibimos el testimonio de su lucha junto al resto de las Madres, que jamás tuvo como objetivo venganza sino justicia. Esa misma justicia que sus hijos persiguieron.
Con gran generosidad nos acompañó un buen rato y tuvimos así la fortuna de poder conversar con ella, preguntarle nuestras dudas, y expresar nuestro agradecimento y admiración por su lucha y la de las Madres.
Nazarena (en la imagen) nos regaló con su voz sentidas canciones que permitieron crear el clima necesario para vivir plenamente el encuentro.
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